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Lo que el terremoto me dejó

Imagen de Tanky

La primera semana pensé que el mundo se me había venido encima: no tenía donde vivir, no había luz, la tierra se movía, dormía a saltos y lloraba al menos dos veces al día por mí, por mi ciudad natal que quedó en el suelo, por Curicó, por Iloca y por todos los chilenos afectados en general. Cada vez...que alguien de mi familia sureña daba señales de vida, lloraba. Por dos días tuve el alma en un hilo porque no podía contactarme con mis tíos en Los Ángeles, ni con mis tíos y primos en Concepción. Mi papá lloró cuando le conté que mi tía estaba bien en Los Ángeles. Yo lloré cuando llegué el lunes a la pega y me dijeron que me fuera si no había nada importante qué hacer (“¿a dónde, si no tengo casa?”) y cuando no pude ayudar a mi mejor amiga, que tampoco tenía hogar seguro.

La segunda semana seguí llorando. No podía creer que nos estuviera sucediendo algo así. Era como ser sobreviviente en una película de desastres. Pensé en mis planes y en cuanto se retrasaría todo y en todo lo que ya no podría ser… y me dio rabia y angustia, que se convirtieron en pena nuevamente cuando fui a ver a mis padres a mi ciudad natal y vi casas en el suelo, me enteré de las demoliciones de las casas de gente que me importa y me dí cuenta de que el paisaje nunca más sería el que conocía como la palma de mi mano.

La tercera semana cambió mi vida. Mi hermano menor, a quién siempre pensé que tendría que apoyar económicamente, me anunció que se independizaba; me llamaron del diplomado al que había postulado en mi vida anterior al mini fin de mundo; descubrí que mi trabajo no eran tan terrible como yo lo imaginaba, sino solo un trabajo y mi sicóloga casi me da de alta cuando le dije que me había dado cuenta de que había terremoteado no sólo en el sur, sino en mi vida y que había sido liberador porque ahora solo me tenía a mi misma y extrañamente me sentía confiada y poderosa como pocas veces me he sentido en mi vida adulta.

El terremoto me dio la claridad que necesitaba. Ya sé qué tengo que hacer y que el camino es más importante que las metas que tanto anhelaba tener. Las metas que me parecían tan importantes se desvanecieron en dos minutos y medio y no las he vuelto a extrañar.

2012, aquí voy.